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Romance de una Dama
25/12/2011 19:17:23
EL MANTEL DE LA NAVIDAD

Recuerdo aquel viejo mantel, que dormía en el arca de los sueños, aquel viejo mantel que mi abuela sacaba en navidad; era como un tesoro doblado cuidadosamente en cuadros de una cuarta más o menos. En torno aquel viejo mantel nos reuníamos todos por navidad, no tenía nada de especial solo unas figuras del belén y la virgen María lo presidia como una matriarca recién parida, con el niño entre los brazos. El niño llevaba pañales, aquellos viejos pañales de trapos que durante siglos usaban los recién nacidos y que seguramente la censura obligó a ponerlos.

Recuerdo como iban llegando uno a uno todos los miembros de la familia y como mi tío Paco hacia de taxista para los que estaban lejos; algunos de los más pequeños, mi primo o yo nos peleábamos por ir en el coche a esperar el tren que venia de Valencia. En la estación aguardábamos pacientes entre el silencio de la nieve, oír el rugido de la locomotora y sus silbidos cuando arrancaba de las estaciones. Por fin el gran momento el repique de campanas y esos tres toques que anunciaban que el tren había salido de la estación anterior, cuatro kilómetros, 10 minutos casi eternos y por fin la negrura de la máquina abriéndose paso entre la nieve.

Los viajeros habían llegado a la pequeña estación, todo eran abrazos, besos y hasta alguna lágrima que se le escapaba algún rudo hombretón. Ahora 18 kilómetros hasta casa, había dejado de nevar, y un rayo de sol parece que daba la bienvenida a los viajeros.

Todos estábamos sentados en torno a la mesa, era navidad, lo de menos era aquel viejo mantel, ni los angelitos, ni los reyes magos, ni siquiera el niño Dios era lo más importante. Lo más importante era la familia, toda la familia reunida juntos en torno a una mesa. No había tantas normas ni tanta disciplina como ahora, no se imponía la ley, se imponía el sentido común. Todos comíamos aquella humilde comida y hasta los mas pequeños se nos permitía empinar el porrón del vino,eso sí bajo la atenta mirada de algún adulto, bastaba un gesto o un ya vale para que se terminase de empinar el codo; que diferencia a la de ahora, que con esa edad se termina en urgencias con un coma etílico. Todo eran risas y alegrías, los mas mayores contaban viejas historias que en muchas ocasiones habían oído contar a sus padres, los más jóvenes tratábamos de despertar a la vida y a través de nuestras experiencias nos íbamos haciendo sabios en la escuela de la vida. Todos compartimos aquella comida de navidad, quizás no tenia nada de especial aparte del cariño con que la preparaba mi abuela y sobre todo estábamos toda la familia reunida, después pasadas las fiestas cada uno se iba a su trabajo y los mas jóvenes a estudiar, y el viejo mantel se volvía a doblar cuidadosamente para guardarlo en el arca hasta el año que viene.

Ahora uno pasa rápido en el tren por estos pequeños pueblos de Teruel, ya no quedan casi estaciones y los pueblos muchos de ellos casi desérticos, lo que antes eran calles de tierra ahora lo cubre la nieve y la soledad en un abandono casi total. El arca con el mantel quizás siga en el mismo sitio o haya acabado sus días en el trastero de algún anticuario. Pero eso ya no es lo más importante ahora las mesas se nutren de suculentos manjares, pero en torno a ellas ya no reina la paz y la concordia: disputas familiares, hijos que quieren ser más que los padres y todo aquello que ennegrece el ámbito navideño.

El otro día paseaba por la orilla de un puente de una gran ciudad, me paré un momento a contemplar la gente que pasaba por encima del puente, todos tenían prisa en llegar a ningún sitio, entonces fijé mi mirada en la gente que había debajo del puente; estos no tenían prisa quizás no tenían nada que hacer solo estaban vivos, como lecho unos cartones, como techo las estrellas (si la contaminación lo permite) para calentarse las frías piedras de los pilares del puente, esas piedras que la contaminación llenó de humo y tiño de negro. Por un momento cerré los ojos y pensé que se acercaba la navidad, que los que paseaban por encima del puente, pese a la crisis tendrían un buen mantel y una buena mesa que el capitalismo con nuestro esfuerzo nos ha sabido llenar de suculentos manjares; pero a medida que estos manjares iban creciendo en nuestras mesas el amor iba desapareciendo de nuestro corazón, como si de una macabra ecuación se tratara haciéndonos más egoístas, mas egocéntricos y menos solidarios. Los de encima del puente lo tenemos todo, pero nos falta lo mas importante la felicidad y al mismo tiempo nos sobra todo: egoísmo, soberbia, crueldad... Los de abajo del puente no tienen nada, por lo tanto no les sobra nada ¿ pero tienen felicidad ?.

Romance de una Dama
juan
26/10/2011 23:59:33
alguien le puede decir a luna que me perdone por favor.gracias
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